La mujer de las naranjas (Prohibido morir)

Dedicado a las tantas Alicias, y en especial a una. Dedicado además a Daniel Chonillo, por presentarme a la Alicia de este cuento  y esperar a que el Mirlo volara de nuevo.  Amigo, para ti,  todas las naranjas.

Se llamaba Alicia, o al menos así le decían. Ella, pequeña, delgada y arrugada había sido exiliada sabe Dios hace ya muchos años a ese árbol de naranjas que sólo daba fruto en los inviernos cuando más calor hacía. No, no es contradicción, es que Alicia vivía en un país en donde el tiempo estaba subestimado y los veranos helaban la piel y los inviernos te hacían sudar hasta las orejas.

Por supuesto que no tenía lugar donde morir, los exiliados no tienen lugar donde morir, solo viven hasta que alguien los reclama “desaparecidos”.

Miró a Lastenio con esa mirada que solo los que han conocido tierras, mares, fuegos salvajes, armas que disparaban colores rojos y callaban a quienes gritaban y hablaban con el pecho, sabían lanzar sin pestañear. Lastenio sintió que sus piernas temblaban un poco y casi perdió el equilibrio. Se arrimó al tronco del árbol. Alicia tuvo que acomodarse en su rama para poder verlo y dijo:

“Mientras más camines buscando lo que buscas menos lo encontrarás, tal vez algún día lo veas y pienses que has llegado a tu destino, pero solo serán tus ojos jugándote la broma más pesada de todas, tu manos se estirarán tratando de sentirlo para que tu mente confirme la realidad, pero no tocarás nada que no sea el propio sentimiento invisible de sentir que lo has logrado, sabiendo que no ha sido así.”

Lastenio sólo escuchaba y de vez en cuando miraba hacia arriba para poder observar cómo Alicia a pesar de estar diciendo las palabras más desgarradoras que había escuchado, seguía sonriendo. Es que ella solo decía lo que creía sin saber qué causaba en los demás, siempre agregándole una sonrisa amplia para justificar que nada podía estar mal a menos que uno lo quisiera.

Alicia vivía en una casa tan grande como un campo de montañas sin límites. Sus abuelos vivían con ella y la querían más que a nada en su propio mundo. Solo las naranjas podían competir con el amor por su nieta. Los viejos, cuidaban a esas frutas todos los días, comenzando por las caricias que le brindaban a cada una de ellas todas las mañanas, luego las gotas de agua que les rociaban para que no se resecaran. Alicia pensaba que sus abuelos le tenían mucho celo al rocío, y que por eso  mezclaban el agua con perfume de jazmín y un poco de canela y con sus propias manos lanzaban gotas a cada una de las naranjas. Lo que sobraban se lo regaban en el cabello de Alicia que bailaba sacudiendo sus grandes hebras negras y onduladas por todo el campo causando una pequeña  lluvia perfumada entre el viento.

Alicia nunca se había separado de sus abuelos, tampoco quería hacerlo, era muy feliz, por qué querría irse de un lugar en donde olía a canela con naranja y a jazmines con montañas. El clima no era lo único que subestimaba ese país extraño y lleno de diferentes cosas, animales, rarezas y bellezas. Un día, llegó sin avisar un movimiento de tierra tan extraño que al principio le hizo tantas cosquillas a Alicia que casi pierde la respiración, pero después, cuando el movimiento se hizo más fuerte, la asustó tanto que  corrió por toda la casa, alrededor de sus abuelos. No gritaba, solo corría hasta que subió sin pensarlo al árbol de naranjas que en esa mañana no había tenido ninguna gota de rocío. Era como si las gotas hubieran sabido que ese día no era el preciso para hacerles  competencia a los abuelos.

Alicia subió y subió sintiendo dolor en la palma de las manos, en los pies, en sus rodillas, hasta que un solo dolor pudo opacar los otros para toda la vida. Había subido tanto que sin darse cuenta, una espina de la rama más alta del árbol se le enredó en el cabello y fue a parar dentro de su pequeña cabecita. No lloró, tampoco le salió sangre ni le rodó por las mejillas. Simplemente la tierra dejó de moverse, las naranjas crecieron un poco más y la espina quedó dentro de Alicia, dejándola allá arriba, colgando, como si fuera una fruta más.

Cuando hubo terminado todo, los abuelos salieron a revisar su árbol, no querían que las naranjas estuvieran regadas en el suelo donde no les correspondía estar. Fue sorpresa cuando vieron que entre sus cítricos más preciados estaba su nieta, riendo y dejando caer sus piecitos.  No tuvieron más remedio que dejarla allí, porque a pesar de que podían quitar la espina de su cabeza Alicia no quería bajar pues pensaba que una vez abajo, la tierra seguiría temblando y allá, arriba, se sentía segura.

Sus abuelos ya no regaban con agua de canela y jazmín a las naranjas, sino que las gotas las lanzaban hacia los pies de Alicia, mojando hasta sus rodillas, y se podía ver que crecía un poco más cada vez que esto pasaba. También crecía la espina, y su cabello. Los abuelos continuaron el ritual hasta que murieron. Alicia no bajó a besarlos cuando estuvieron es su caja, acostados uno al lado del otro.

Como los abuelos sabían que su nieta nunca bajaría, no hicieron ataúd para ella, solo cerraron la puerta de la casa, cerraron las cortinas y cercaron el árbol de naranjas antes de morir.

“Es por eso que no tengo lugar para morir señor Lastenio, mis abuelos se fueron en los últimos lugares que ellos mismo se hicieron. Yo hace mucho que vivo aquí y solo conozco mis historias, mis mares, mis tierras y armas que callan a la gente buena. No, no tengo lugar para morir, pero si quiere puede subir, puedo prestarle mi espina, tal vez no le quede en su cabeza, pero algo podemos hacer”.

Lastenio la miró enamorado de aquella señora, y no sabía si era amor, ternura, envidia o nostalgia.

“Me voy Alicia”, dijo, “seguiré buscando, pero déjeme decirle que la tierra ya no se estremece acá abajo, puede venir sin ningún miedo”

“¿Y cómo es que lo veo temblar?” preguntó incrédula.

Y es que Lastenio temblaba aún más, no tenía  fuerzas y tenía más miedo del que pensaba tener. No respondió, y dio la espalda al árbol de naranjas para salir hacia las montañas en busca de su objetivo. Antes de dar dos pasos Alicia le habló una última vez.

“Señor Lastenio”, sonreía llevándose la mano a la boca para ocultar tímidamente sus dientes juguetones, “antes de irse, ¿sería tan amable de rociarme los pies? El rocío solo se posa en las naranjas y me deja descubierta”.

Lastenio mezcló una flor de jazmín con un poco de canela que aún quedaba en el patio y con sus manos, y haciendo un esfuerzo al estirarse para llegar a los pies de Alicia, regó el agua por entre los dedos de aquella señora a la que su propia tierra la había exiliado, negándole el regreso.

Lastenio se fue pero se llevó consigo lo que quedó de esa agua mágica que hacía crecer a Alicia. La tomó y dejó de temblar, sorprendido y sin pensar en por qué, siguió caminando olvidando un poco más por qué lo hacía.

“Morir”, se dijo desafiando a la memoria, “eso quiero, un lugar para morir”.

El mirlo (posado en la espina de Alicia)

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